Las tres realidades de Eduardo Coutinho, por David Varela

La realidad informativa

Un director de cine brasileño muere a manos de su propio hijo -posiblemente esquizofrénico-, que agredió también violentamente a su madre antes de tratar de quitarse la vida. Todo esto ocurrió en el mismo día que un actor famoso de Hollywood aparece muerto en su apartamento, probablemente en un nuevo caso de exceso de éxito y/o consumo de estupefacientes.

(El actor, que interpreta papeles de ficción, muere en la realidad, definitivamente. Mientras, el director, especializado en documentales, muere por la ficción que su hijo ha inventado presuntamente dentro de su propia cabeza).

La realidad subjetiva

Alguien, que podría ser yo mismo, lee a través de las redes sociales que Eduardo Coutinho, al que conoció física aunque no personalmente, ha muerto acuchillado por su hijo en Río de Janeiro. La noticia le perturba y le entristece, tanto que decide ver alguna de las películas que aún no conoce del documentalista, Moscú, por ejemplo, y escribir algo que le mantenga una noche más con vida. Su recuerdo de él, físicamente, está tanto en sus películas como en las charlas que este dio en una escuela y en un museo de Madrid hace meses escasos. No encuentra diferencias entre los múltiples personajes –dice bien, personajes-, y el hombre físico que vio y escuchó bromeando acerca de las cosas más serias de este mundo. De Moscú le irritan los actores, siempre tan auténticamente exagerados, siempre tan expresivos en sus mentiras. Le gusta sin embargo el resto, así de vaga y difusa le resulta la realidad escenificada de unos actores que se interpretan a si mismos a través de unos personajes de Chéjov.

Cuando llega el final de la película, se siente como interpelado por Coutinho en lo que él cree no es más que un epitafio involuntario, al escucharle decir: “El tiempo pasará y nosotros partiremos para siempre. Van a olvidar nuestro rostro, nuestra voz… Pero nuestro sufrimiento se transformará en alegría para aquellos que vendrán después de nosotros”. La voz de Eduardo Coutinho se va apagando lentamente sobre una imagen en negro que le deja completamente arrepiado.

Esa misma noche lee también en Internet acerca de la muerte del actor estadounidense Philip Seymour Hoffman, del que no tiene más recuerdos que los de sus películas, suficiente como para hacerle real multitud de veces.

La realidad objetiva

Ya no están vivos ni Eduardo Coutinho ni Philip Seymour Hoffman. Ambos ofrecieron sus vidas para tratar de desentrañar al otro, a los múltiples otros que se esconden ahí fuera, y dentro de cada uno. “Hay alguien que necesita desesperadamente ser escuchado”, dice Coutinho en una entrevista. Y nadie sabe quién es ese alguien que habla. Nadie sabe quién es ese otro que escucha. Ni siquiera ellos mismos lo saben. Aunque a ese misterio encarnado ser oído le salva en parte la vida. Tal vez por eso Eduardo Coutinho dejó de hacer ficciones y se pasó definitivamente al documental: para dejarnos claro que ni tan siquiera desde la realidad somos capaces de descifrar al ser humano, aunque tantas veces sea esta capaz de regalarnos esa verdad indemostrable que se esconde abiertamente en su cine.

por David Varela

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