HIJA, por Fernando Vílchez R.

Desde fuera, Latinoamérica es la región de lo real maravilloso, del melodrama, de la desproporción emocional, de la telenovela. Los latinos pensamos que las vicisitudes de nuestras vidas son más pasionales, creemos que nuestras historias son más enrevesadas, lamentamos que nuestros dolores sean más trágicos. Y, en muchos casos, lo son. Estamos rodeados de historias límites, historias que nadie creería pero que conservamos en nuestras memorias y las de nuestras familias. Quizás por eso, al final de nuestras odiseas, parece que sólo nos quedan dos posibilidades: la dicha plena o la muerte, la destrucción o el amor.

Una hija sale de viaje en búsqueda del padre que nunca conoció. Una madre va en búsqueda de la hermana ausente. Las pistas que reciben son correctas, son falsas, son espejismos, son enigmas. Un melodrama en toda regla. ¿Pero qué pasa cuando tomamos los elementos de una telenovela, los deconstruimos y los observamos a la distancia? ¿Qué pasa cuando hacemos cirugía al melodrama? Si ese desmontaje es metódico y equilibrado en las distintas capas que supone tal historia, entonces el resultado es HIJA, de María Paz González, una obra seductora en su forma y que no pierde emoción por ese distanciamiento. Todo lo contrario, es el alejarse del melodrama lo que nos acerca al roce cotidiano y al gesto familiar, envolviéndonos en una calidez emotiva y a veces ya olvidada.

Además de ello, otros dos méritos destacan en la película. Primero, el poder mantener una postura sólida mientras se realiza esta cirugía, ya que la directora de la película es una de las protagonistas. Ella es quien sale a buscar a su padre y es su madre la que busca a su hermana. Y el pequeño equipo de rodaje las va registrando en cada paso de sus pesquisas. Es muy fácil que un proyecto tan personal termine abrumando a la directora con resultados muy inestables. Felizmente, eso no sucede y deja en claro que el trabajo y la mirada han sido muy firmes en cada una de las decisiones.

En segundo lugar, hay que aplaudir que el dispositivo no sea arrogante. La filmación de la propia búsqueda, la exposición de la cámara y micrófonos, el saber que ellas saben que están siendo grabadas, no quita un ápice de honestidad en la película. Que esta obra no sea una envanecida argucia sobre el metacine sino, más bien, un guiño cómplice al espectador y una invitación a participar de un juego travieso y familiar, eso es de agradecer.

Fernando Vílchez Rodríguez

hija

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