Sobre la película Al Oeste, en Zapata de David Bim en el Ciclo DOCMA de febrero de 2026, por Ruth Somalo
Landi, un hombre de 50 años, deja a su mujer Mercedes y a su hijo Deinis para internarse en la jungla y cazar cocodrilos. Necesita mantener a su familia. Con esta premisa aparentemente sencilla, David BIM construye una experiencia cinematográfica de una potencia sensorial y ética extraordinaria.
Desde el primer encuadre, desde el primer sonido, la película nos atrapa y envuelve en un paisaje sonoro inmersivo en el que la duración es forma de conocimiento. No hay prisa: hay tiempo. Y en ese tiempo, la mirada se transforma. En este sorprendente primer largometraje, BIM despliega una obra de gran coherencia estética y profunda responsabilidad ética. La cámara no invade sino que acompaña, observa y permanece.
La intimidad que la película alcanza con sus protagonistas no es casual, durante cinco años, el cineasta cultivó una relación de amistad con la familia antes de comenzar a filmar. Rodada en solitario, BIM es camarógrafo y sonidista, la película se sostiene sobre una presencia casi invisible, que permite largos planos observacionales donde la vida sucede sin subrayados ni explicaciones. Solo en dos momentos uno de los personajes mira a cámara; en uno de ellos, en pleno peligro durante la caza, Landi lanza una mirada que no interpela al espectador sino al propio director: estamos en riesgo, cuídate tú porque yo no puedo hacerlo. Esa mirada revela la ética compartida del rodaje.
El blanco y negro contrastado resulta una elección precisa y radical. Al desprender la imagen de la anécdota cromática, la historia trasciende su contexto inmediato y adquiere una dimensión mítica. Hay algo de eterno retorno en esta lucha diaria por la supervivencia. Algo que remite al mito de Sísifo como el propio BIM ha comentado públicamente. La caza del cocodrilo se convierte así en una metáfora de la condición humana: una batalla repetida, necesaria, infinita.
Pero Al Oeste, en Zapata no es solo una película sobre la dureza de la vida. Es, sobre todo, una historia de amor. Frente a la escasez, la enfermedad y la incertidumbre, Landi y Mercedes se cuidan, se sostienen, se hacen reír. Comparten una melancolía que susurra en cada plano, pero también una voluntad vital luminosa. El juego con su hijo Deinis, en un contexto político donde los ecos lejanos de la revolución suenan en la radio portátil como fantasmas ajenos a la urgencia cotidiana, nos recuerda que lo verdaderamente heroico no está en los grandes relatos históricos, sino en los pequeños gestos que sostienen la vida.
BIM ha afirmado que no quería imponer una interpretación ni ofrecer respuestas cerradas. “El sentido de la vida es simplemente estar vivo”, dice. Y esa parece ser la materia profunda de la película: registrar la expresión en movimiento de la existencia. El cine, en su concepción, es presencia. Es tiempo compartido. “Las vidas son continentes temporales, igual que las películas. Lo que recibes no es lo que ves, sino lo que sientes mientras lo acompañas.”
El paisaje, exterior e interior de los protagonistas se consolida así respiración a respiración. El extraordinario trabajo sonoro intensifica la percepción de un entorno donde humanos y animales comparten destino. La belleza nunca se convierte en espectáculo, la cámara contempla sin exotizar, recordándonos por momentos la fuerza plástica de la fotografía de Sebastião Salgado, pero evitando cualquier estetización complaciente. Aquí la épica convive con la fragilidad, la violencia con la ternura y la fe con la duda.
En última instancia, Al Oeste, en Zapata es una lección de humanidad. Nos recuerda que la supervivencia no es solo resistencia física, sino también la persistencia del amor. Y que el cine, cuando se hace desde la paciencia y la escucha, puede convivir con la verdad del dolor y del afecto de un modo sencillo y profundamente humano.
Con la colaboración de:
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