Sobre la película Omega Wants To Dance de Ramón Tort en el Ciclo DOCMA de Septiembre de 2026, por Ruth Somalo Blanco

 

“Cuando tu cuerpo se entrega al movimiento, tu alma recuerda su danza.”

Gabrielle Roth, Sweat Your Prayers

 

¿Qué sabe un cuerpo cuando baila? Quizá esta sea una de las preguntas que dan forma a Omega Wants to Dance, el gozoso ensayo cinematográfico del cineasta y artista Ramon Tort. Omega es una inteligencia artificial que ha sobrevivido a la extinción de la humanidad y que, desde un futuro sin nosotros, intenta comprender aquello que nos hacía humanos. Omega y Beta poseen nuestra memoria, nuestras imágenes y, presumiblemente, una cantidad inconmensurable de información sobre lo que fuimos. Sin embargo, hay algo que continúa escapándoseles: la espontaneidad. Y Omega quiere bailar.

La paradoja es hermosa. ¿Cómo explicar a una inteligencia sin cuerpo qué significa entregarse al movimiento? ¿Cómo transmitirle el peso, el vértigo, el sudor, la pérdida momentánea de control, el placer de dejar de pensar para simplemente seguir un ritmo?

La bailarina, música y escritora Gabrielle Roth, creadora de la práctica de movimiento 5Rhythms, entendía la danza precisamente como una forma de conocimiento. En Sweat Your Prayers escribía sobre el movimiento como un camino hacia el éxtasis, una práctica capaz de disolver momentáneamente las fronteras entre cuerpo y mente, individuo y comunidad, voluntad y abandono. Algo de esa concepción atraviesa también la película de Tort: bailar no aparece aquí como un mero entretenimiento ni como una disciplina artística, sino como una tecnología ancestral mediante la cual los seres humanos hemos celebrado, seducido, rezado, protestado, pertenecido, sanado y perdido el control.

Omega Wants to Dance se desplaza libremente por esa extraordinaria historia del cuerpo en movimiento. Del flamenco al Butoh, del ritual a la cultura rave, de las epidemias de baile que sacudieron algunas ciudades europeas durante la Edad Media y la Edad Moderna a las prácticas contemporáneas de danza extática, Tort encuentra una pulsión que parece atravesar culturas, geografías y épocas: la necesidad humana de salir, aunque sea temporalmente, de los confines del yo.

Filósofos, historiadores, científicos, artistas y premios Nobel intentan explicar lo que sucede cuando bailamos. Pero afortunadamente la película nunca confía del todo en la explicación. Entre las entrevistas aparecen materiales de archivo mezclados en un cóctel de cuerpos, texturas, y asociaciones inesperadas, en pequeños interludios experimentales que permiten que las ideas respiren y que el propio lenguaje cinematográfico se contagie del objeto que intenta pensar.

Y quizá por eso funciona una combinación que, sobre el papel, podría parecer improbable. Hay algo de novela de Philip K. Dick en su dispositivo especulativo, algo del impulso cósmico y asociativo del Naqoyqatsi de Godfrey Reggio, y al mismo tiempo la estructura perfectamente reconocible de un documental clásico construido a partir de entrevistas. Tort mezcla estos registros sin mostrar demasiado interés por resolver sus contradicciones. El resultado es un extraño artefacto cinematográfico, erudito y juguetón, filosófico y profundamente físico.

Su eclecticismo podría fácilmente haberse convertido en dispersión. Sin embargo, Omega funciona como una presencia que mantiene unidas las múltiples digresiones de la película de Tort. Desde ese futuro imaginado, su curiosidad convierte nuestra relación con la danza en una suerte de archivo arqueológico de la humanidad. Observados desde un mundo en el que ya no existimos, nuestros cuerpos bailando adquieren algo de evidencia antropológica y algo de fantasma.

Y es aquí donde Omega Wants to Dance se vuelve inesperadamente conmovedora. Porque quizás Omega no quiere simplemente comprender por qué bailábamos. Quiere experimentar aquello que nosotros mismos tantas veces olvidamos que poseemos: un cuerpo capaz de actuar intuitivamente antes de comprender, de encontrar placer y liberación en la repetición, de sincronizarse con otros cuerpos llenos de emoción, de abandonarse al ritmo y producir sentido sin necesidad de convertirlo en lenguaje.

Ante la pregunta de qué nos hace humanos, Tort evita prudentemente ofrecernos una respuesta definitiva. En su lugar construye una película llena de cuerpos que tiemblan, giran, saltan, celebran, se rebelan y se abandonan. En un momento en el que la extrema derecha disfruta de una nueva y apocalíptica alianza entre fundamentalistas religiosos, magnates tecnológicos multimillonarios de Silicon Valley y etnonacionalistas, la creencia de que se avecina una especie de cataclismo purificador de un futuro de conmociones, escasez y colapso ha instaurado, como indican Naomi Klein y Astra Taylor, el “fascismo del fin de los tiempos”. Es en este contexto donde Tort nos hace encontrarnos con Omega. Frente a una inteligencia que puede almacenar todo nuestro conocimiento, y como apuntan los críticos de la IA hoy, puede haber contribuido a nuestra extinción, Omega sueña con ser espontánea. La danza aparece en esta película como una forma de rebeldía, como una forma de conciencia que quizá nunca pueda separarse de la carne, y que no podrá ser experimentada por la Inteligencia Artificial.

Tal vez por eso Omega quiere bailar.

 

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