COLOQUIOS 2017

Avi Mograbi y Ahmad Natche. Uno israelí. El otro, hispano-palestino. Uno de carácter frenético y extrovertido, que gusta de aparecer en sus películas hablándole a la cámara, exponiéndose a sí mismo, a su familiares y amigos. Otro mucho más reservado, dueño de una obra delicada, quizás más intuitiva pero no por ello menos política. Ambos con elementos antagónicos entre sí, pero sobre todo con no pocos puntos en común: las miradas despiertas, las propuestas inteligentes, la convicción de saber qué nos van a plantear y por qué lo hacen. Mograbi y Natche han sabido asimilar la complejidad del conflicto entre Palestina e Israel y mostrarlo de manera original y coherente en cada paso de su filmografía.

LAS CARETAS DE AVI MOGRABI

En How I Learned to Overcome My Fear and Love Arik Sharon (1997) ya están todos los elementos que encontraremos luego en el resto de películas de Avi Mograbi: la implacable ironía para retratar el estado de Israel a través de desorbitados personajes oficiales, el compromiso por evidenciar la continua y silenciosa reducción de Palestina a través de los años y, sobre todo, el elemento fundamental, el uso jubiloso de ese artilugio constante que es el documental performativo de Mograbi, la no ficción paródica, el disfraz, esa manera tan suya de desnudar el conflicto palestino-israelí sin necesidad de ser explicativo ni convencional.

La película empieza con Mograbi instalado en su salón y hablando directamente a la cámara, incluso carraspeando, tosiendo, imponiendo de arranque su presencia cual glorioso antecedente del youtuber. El cineasta deja paso al artista performativo. Entonces empieza un relato alucinado, un desarrollo de eventos tan ridículos como fascinantes. El cineasta va en búsqueda del Primer Ministro israelí Ariel Sharon (conocido familiarmente como “Arik”) para conseguir una entrevista con él. A Mograbi le impulsa su visceral rechazo contra ese personaje tan odiado. Se obsesiona con él. Le sigue en cada ceremonia. No le sigue, le persigue. Necesita sentirse cerca de tan controvertido ser, quien siempre encuentra excusas para no otorgar ninguna entrevista. Y pasan los meses sin mayor cambio hasta que algo sí se modifica en la mirada del cineasta. De tanto estar junto a él, Mograbi encuentra en Arik Sharon un tío simpático. Más aún, resulta ser un encanto. Y el izquierdista Mograbi empieza a reírle las bromas y a defenderlo frente a los demás. La locura llega a su clímax en la escena final, en pleno mitin de derechas, donde un Mograbi poseído terminará saltando y gritando canciones a favor de Netanyahu. Oro puro. Nunca el fanatismo político pareció tan divertido, tan enloquecido, tan inquietantemente real.

En Happy Birthday, Mr. Mograbi (1999), nuevamente, el Mograbi autor se confunde con el Mograbi actor. Uno de ellos relata a la cámara sus continuas crisis con los vecinos a causa de su terreno. El otro es contratado para grabar las celebraciones de los cincuenta años de vida del Estado de Israel. Luego surge un tercero, el que nos habla de la Nakba, “el desastre”, que es como los palestinos llaman a la creación de dicho Estado. Tres Mograbis en uno. Tres películas en una. Y como si ya no hubiera suficientes capas de lectura, el cumpleaños de Mograbi cae el mismo día que el aniversario de Israel. Lo personal se vuelve explícitamente político. Y, al final, lo que empieza como una sátira deliberadamente caótica, va encontrando un doloroso trayecto común donde el retrato de ese cineasta tripartito quedará avasallado por una soledad que augura más oscuridad y desconcierto de la que jamás podamos intuir.

En la fascinante Z32 (2008), Mograbi aparca -levemente- al cineasta performativo para ofrecernos uno de los picos más altos y turbadores de su carrera. La película arranca casi como todas: él en su salón hablándole a la cámara. Pero esta vez está enmascarado, cual terrorista encapuchado. Con el paso de los minutos y ayudado con unas tijeras, empezará a recortar esa máscara, dejando expuesto el dispositivo de toda la obra: las máscaras iniciales se irán recortando lentamente, dando aire y espacio a una existencia ahogada. Es uno de los inicios más intensos del cine documental en la última década.

Sin embargo, en Z32 el protagonista no es Mograbi, sino un joven soldado israelí, a quien el cineasta cede una cámara y transfiere su capacidad de confesarse frente a ella. El joven se graba a sí mismo y a su novia. Deja en claro su frustración por haber pertenecido a la élite del ejército israelí pero prácticamente sin la oportunidad de haber actuado en una operación bélica. “Queríamos ser Chuck Norris y solo hacíamos acciones de rutina”, se queja. “Si ves a un niño con una piedra, está bien dispararle”, declara. “Tantas veces nos repetían que en la próxima casa habría un terrorista que nos moríamos de ganas de que fuera así”, confiesa a su novia, y ante la cámara. Hasta que un día, al fin, le toca irrumpir violentamente un hogar palestino. Lo que empieza como una interacción ligera y agradable de la pareja, termina en cuestionamiento y dolor. Y, mientras tanto, Mograbi hace esporádicas apariciones… cantando. En cierta forma, esto es un musical. Los musicales también pueden ser fábulas bélicas, melódicas y terroríficas.

La madurez que muestra Mograbi en Z32 queda certificada en la hermosa Once I Entered A Garden (2012). Aquí la guerra se plantea no ya desde la violencia, sino desde la amistad. Dos amigos se reunirán para hablar juntos de un pasado real y de un futuro fantástico imposible. La pregunta flota en cada escena: ¿qué sería de esa región si no hubiera ocurrido esa guerra? El pasado tiene la respuesta. Un calendario viejo, corriente, de no hace muchos años, da una luz: en sus hojas cada día señalaba qué fecha era para todos, según el año hebreo, el cristiano o el musulmán. Todos convivían de manera pacífica, en las ciudades y también en los calendarios. “Si mi padre supiera que su abuelo fue árabe, se moriría”, suspira Ali, el protagonista, el amigo de Mograbi. Dos personas en un encuentro amistoso, risueño, representando el imposible encuentro risueño entre dos pueblos. Con ellos sí sucede, porque son personas, y es una película sobre las personas, sobre la historia en letras pequeñas, sobre las ciudades olvidadas, sobre los objetos olvidados y sobre una pandilla de tres hombres y una niña que intentan grabar una película entre el campo y el mar.

Cada película de Avi Mograbi es un grito desaforado en un concierto salvaje. Cada obra es una experiencia única, incluyendo sus agitadoras obras de inicios del siglo XXI, Avenge But One of My Two Eyes (2005) y los cortometrajes Wait, it’s the soldiers, I’ll hang up now (2002) y Mrs. Goldstein (2009). Al ver sus obras en retrospectiva comprendemos el largo camino de uno de los cineastas israelíes que más ha reflexionado sobre cómo mostrar el conflicto palestino, siempre con la libertad de permitir a sus propios pensamientos revelarse. En cierto modo, Mograbi ha hecho de sus películas un gran making of de sí mismas. Y con resultados extraordinarios.

AHMAD NATCHE: LA POESÍA ES POLÍTICA

El cortometraje The Call of The Stones (1998) de Ahmad Natche podría ser la contraparte de Z32, el testimonio de aquellos que han vivido con amargura y miedo las constantes irrupciones de los soldados israelíes en los hogares palestinos. Pero Natche no hace un cine de denuncia. O lo hace, pero desde la sencillez de quien describe los grandes conflictos del ser humano a través de los elementos más humildes. En este caso, las piedras. Más concretamente, las piedras de las casas de Hebrón. Aquí, en una de las ciudades más antiguas del mundo, la comunidad palestina inició la cuidada reconstrucción de sus casas. Son hogares de piedras milenarias, espléndidas e históricas, pero abandonadas después del acuerdo de 1995. Cuando la ciudad se parte en dos, empiezan las amenazas y persecuciones. Las casas deshabitadas pasan a manos israelíes. Y el reciente intento de reconstrucción es visto como una amenaza. Los militares sabotean las obras y arrestan a los obreros. El conflicto parece irresoluble. Y en medio: las piedras, los silenciosos testigos de la ocupación, las que llevan escrita encima la historia de un pueblo y también sus ansias de volver.

Ese gesto de memoria y resistencia que Natche construye en sus obras alcanzará momentos sublimes en su largometraje Two Meters of This Land (2012). Asistimos aquí a los preparativos de un festival de música en Ramala: la preparación del vestuario, del escenario, los músicos ensayando, varios jóvenes haciendo tiempo hasta las presentaciones que ocurrirán horas después.

Pero no veremos ningún festival. La película no está interesada en ello, sino en esta etapa de preparación. Mejor dicho, la película se centra en observar atentamente a estas personas interactuando. De eso se trata, de gente relacionándose. De amigos encontrándose bajo la cálida luz del atardecer. De muchachas charlando, algunas con la cabellera cubierta y otras destapadas. Esto que en otro contexto podría resultar intrascendente, cobra en territorio palestino un significado sin igual. En un lugar donde se ha arrebatado a las personas el derecho a habitar su propia tierra, esta propuesta resulta un manifiesto político único y trascendental. Si a ello se añade la depurada puesta en escena y el aroma de naturalidad que recubre lo que a fin de cuentas es una ficción en toda regla, debemos concluir que estamos frente a una obra que hace de maravilloso altavoz de Palestina, de su cotidianidad, de su riqueza cultural y de su compromiso político. Así, Natche hace suyos los hermosos versos de Mahmud Darwish, poeta fundamental de la nación palestina, de donde sale el título de su hermosa película:

Dos metros de esta tierra son suficientes,
un metro setenta y cinco para mí
y el resto para el caos brillante de flores multicolores
que despacio habrán de sorberme…

 

Fernando Vílchez Rodríguez

 

En / 3XDOC / Encuentro de Creadores / 2017, el coloquio con Avi Mograbi tendrá lugar el viernes 24 de marzo tras la proyección de Z32 y con Ahmad Natche será el domingo 26 tras la película Two Meters of This Land. Ambos coloquios estarán moderados por el cineasta, programador y director artístico de 3XDOC David Varela y tendrán su sede en el Cine Doré de Filmoteca Española (Calle de Santa Isabel, 3, 28012 Madrid).

/ COLABORADORES

Filmoteca Española
fundacionSGAE
CAM

/ AGRADECIMIENTO A MUSEO NACIONAL CENTRO DE ARTE REINA SOFÍA


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