Sobre los cortometrajes de Irene Gutiérrez en el Ciclo Docma de junio, por Víctor Fernández López.

Diarios de frontera (2012) y Diarios del exilio (2019), de Irene Gutiérrez, surgen con siete años de diferencia, pero con un valor díptico de enorme fuerza reflexiva. En ambas películas, el dispositivo fílmico emerge de la urgencia y la necesidad de rodar la realidad más humana e íntima, aunque esta tenga un eco de proporciones sociales mucho más significante. En Diarios de frontera, Gutiérrez filma el paso entre Marruecos y Ceuta situando siempre en primer término, o directamente invadiendo la pantalla al completo (como ocurre en el largo plano secuencia inicial), aquellos muros y vallas que categorizan a las comunidades. Construcciones del ser humano que dan cuenta de las divisiones a las que nos empujan las políticas internas, pero que nada más lejos de la realidad nos acercan a esa condición humana más primigenia: la supervivencia.

Por ello es tan interesante que la mirada de la cineasta, aquella que rueda desde su punto de vista subjetivo una realidad que solo le pertenece desde un lado de la frontera, deje paso al dispositivo casero de los que conviven en la otra realidad. Al decidir mostrar esos largos exilios a los que se ven obligados los habitantes de África, Gutiérrez se aleja y son ellos los que, a través de las cámaras de sus móviles, nos enseñan la dureza de esos caminos plagados de sueños y esperanzas. Una forma realmente ética y responsable de utilizar el material de archivo que también podemos observar en Diarios del exilio. A través de imágenes rodadas en Súper 8, entre 1939 y 1977, por exiliados españoles durante el franquismo, Gutiérrez conforma un documental casero de enorme relevancia histórica sin recurrir a textos o narraciones.

Es así, pues, que la imagen brota como principal elaboradora de ideas. En las dos cintas de Gutiérrez que nos ocupan, no asistimos solo a la exposición de realidades y denuncias, sino que a través de las decisiones compositivas -los muros que no nos permiten ver más allá- y la utilización de materiales de archivo -el analógico del siglo pasado y el digital de este siglo- podemos conectar pasado, presente y futuro de nuestras realidades, con el pasado, presente y futuro de las imágenes. El cine como revelador de brechas temporales que, sin embargo, nos acercan más que nunca a la idea expansiva del arte como catalizador de memorias. La imagen capaz de reponer el frágil recuerdo (hace apenas unas décadas muchos españoles vivían el exilio) y construir un espejo reflexivo que no solo sirve para recordar el pasado, sino también para entender el presente y saber de qué manera mirar y edificar nuestro futuro.

Víctor Fernández López @victorlf97

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